Hay hombres que cargan el fútbol como si fuera una condena elegida. Reinaldo Rueda es uno de ellos. Más de treinta años en las canchas del mundo, dos infartos silenciosos en el cuerpo, y una carrera que él mismo compara con "Diez lágrimas" de los hermanos Lebrón: hermosa, dicen la letra y él, pero regada de dolor. En este episodio, Rueda habla... pero habla de verdad, sin el lenguaje diplomático de las ruedas de prensa y sin la distancia calculada del técnico que cuida su imagen. Habla de lo que cuesta no clasificar. De Alemania 2006 y Catar 2022: dos ausencias que pesan más que muchas presencias y que explican que todos los caminos hasta allí estuvieron pavimentados de ansiedad, depresión y madrugadas difíciles que el público nunca vio. De la sequía de gol que paralizó a la Selección Colombia en las eliminatorias, y de algo que pocos saben: que les ofrecieron aumentar sustancialmente los premios con tal de que metieran goles. El fútbol, también, tiene ese lado. Habla de Chapecoense... y ahí la voz cambia, porque Rueda revela detalles exclusivos de cómo el destino, en uno de sus movimientos más oscuros, pudo haber puesto a su equipo en ese avión. La tragedia de LaMia pudo haber sido la tragedia de ellos. Ese peso no se narra fácilmente. Él lo intenta. Y habla, también, de la gloria. De la Copa Libertadores 2016 con Atlético Nacional. De lo que significa ganar el título más grande del continente. Reinaldo Rueda no vino a justificarse. Vino a contar.