Con una reputación cada vez más mancillada, el fútbol colombiano está más cada vez relegado frente a otras formas de entretenimiento. Progresivamente se convierte en un plato de segunda mesa.
«Cuiden el producto» repiten muchos ante los oídos sordos de los jerarcas del fútbol que se juega en Colombia, no solo cada vez más pobre en rendimiento y en los bolsillos, sino cada vez menos interesante e importante en muchas zonas del país.
Y, claro, no cuidan el producto. Los torneos de fútbol profesional se juegan cada vez más por inercia, entre equipos que cambian de nombre y de ciudad de localía, torneos desordenados que se juegan de lunes a lunes o, por el contrario, ligas que duran pocos meses como la femenina, o copas enrevesadas con formatos que pocos entienden y cada vez a menos interesan.
Y ese producto descuidado cada vez está siendo víctima de la desidia de quienes lo han manejado por décadas. ¿Ah si?. Pues si. La muestra fue la situación del encuentro entre Boyacá Chicó y América, válido por la fecha 18 de la liga, aplazado en su momento por las Fiestas de la Cultura Campesina realizadas en el estadio Independencia de Tunja.
El equipo boyacense buscó en casi media docena de ciudades una sede para jugar el partido, incluidas Bucaramanga y Bogotá, pero en todas hubo negativas. Sin encontrar dónde jugar el encuentro, toda la fecha de la liga tuvo que modificar sus horarios y el encuentro se terminó jugando el 6 de noviembre en La Independencia, en una grama en mal estado.

Lo económico, razón de peso
Siempre se nos ha dicho, muchas veces con razón, que el fútbol profesional es un negocio que mueve miles de millones de pesos, entre clubes, jugadores, hinchada, trabajadores y ciudades, y esa era una razón de peso para darle prelación al fútbol en las decisiones gubernamentales locales.
El advenimiento de un mar de conciertos, intensificados desde la pandemia de 2020, han hecho que esa industria, que ya existía, se vea potenciada a niveles astronómicos.
Ejemplos abundan. El concierto de Shakira en Bogotá, precisamente en noviembre de 2025, generó, según cifras oficiales, 17 millones de dólares, o el de J.Balvin a principios de diciembre en Medellín, que reportó más de 6 millones de dólares de ingresos, por citas dos casos de incluso cientos.
Cifras que hoy por hoy el fútbol no produce para las ciudades colombianas, ni en la realización de cada partido, ni en ventas de boletería, comidas y bebidas, ni en ocupación hotelera. Sin datos oficiales de 2025 y basándose en los de 2024, el equipo más taquillero de Colombia y con diferencia, Atlético Nacional, vendió cerca de 5 millones de dólares en boletería durante todo ese año.
Aparte del dinero, la asistencia de público a conciertos fue bastante alta. Por ejemplo, según cifras de Sencia, concesionario del estadio El Campín, durante 2025 se realizaron 20 conciertos con una asistencia de algo más de 900.000 personas, es decir, un promedio de 45.000 espectadores por evento. Este año el promedio de asistentes a los partidos de Millonarios o Santa Fe a duras penas se acerca a las 20.000 personas
Finalmente, para dimensionar las cifras que produjeron los conciertos y eventos similares durante el 2025, según las cifras del Portal Único de Espectáculos Públicos de las Artes Escénicas, los conciertos generaron más de 90.000 millones de pesos de ganancias.
Seguridad, otra piedra en el camino del fútbol colombiano
Frescas están aún las imágenes de la final de la Copa Colombia, o mejor, la batalla campal entre hinchas de Atlético Nacional e Independiente Medellín en el estadio Atanasio Girardot.
La violencia dentro y fuera de los estadios en muchas de las ciudades que tienen fútbol profesional en Colombia va en aumento, lo que para las alcaldías locales se convierte en un dolor de cabeza extra a los ya habituales. Los operativos en los estadios y en los alrededores, las costosas (no solo en lo económico) políticas de cierre de fronteras, cada vez más utilizadas por las autoridades, crean un déficit de ganancias, de generación de empleos, de tranquilidad para quienes no están interesados en el fútbol pero si deben convivir con él en sus ciudades.
Así, volviendo al caso de Boyacá Chicó y América, los alcaldes de otras ciudades se negaron a aceptar el encuentro por los antecedentes violentos que tiene parte de la hinchada americana en carreteras y calles, por las rivalidades existentes con barras locales, por el costo extra en seguridad que significaría recibir a una hinchada tan numerosa o, como dijo el alcalde de Bogotá Carlos Fernando Galán: «En la ciudad hay por estos días más de 30 eventos que demandan la atención de las autoridades», dejando de lado un partido de fútbol, que de paso era de dos equipos que no son bogotanos.
Además, para agregar, los desacuerdos entre el gobierno nacional y la Dimayor en el manejo de la seguridad en los estadios, la inasistencia de los directivos del fútbol profesional a los Comités de Seguridad y la falta de interés por parte de los dueños de los clubes, hacen que la incertidumbre sea mayor y que el interés por tener fútbol en las ciudades se siga reduciendo, generando incluso rechazo en cada vez amplios sectores de la comunidad.
La frutilla del postre y sin soltar a Boyacá Chicó: la dirigencia del club ajedrezado y el gobierno de Tunja y de paso de Boyacá tuvieron un nuevo desencuentro para el encuentro de la última fecha en el que el equipo boyacense recibía a Millonarios: las autoridades determinaron que el partido se debía jugar a puerta cerrada ante los desmanes que parte de la hinchada azul ha protagonizado en las carreteras del departamento.
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Cambios y cambios y una reputación a la baja
Finalmente, en este cóctel de razones y de hechos que hacen que el fútbol colombiano sea cada vez un plato de segunda mesa, se suma el magro manejo que se le sigue dando a los campeonatos y los clubes.
Sumado a lo habitual (violencia, aplazamientos por doquier, un formato con exceso de partidos y mediocre en el caso de la Primera A masculina, o enredado y poco interesante, como el de la Copa Colombia), hay que agregar diversos hechos que van mancillando la reputación del fútbol nacional.
En semanas se vio como un equipo con más de tres décadas de historia, Atlético Huila, y otro con más de 40 años de existencia, La Equidad, desaparecían por situaciones económicas (diferentes en cada caso pero con dinero de por medio), produciendo en ambos casos cambios de nombres, de identidad y de ciudad en el caso huilense.
Con casos como esos, o no tan recientes como el de Valledupar - Real Cundinamarca - Alianza Petrolera, o el pasar andariego de Águilas Doradas por varias ciudades, ¿cómo se pretende crear arraigo?, ¿cómo un equipo de fútbol puede crear identidad, hinchada, ingresos y, lo más importante de esta columna, interés si vamos en camino a tener franquicias en lugar de clubes?.
En la mediocridad dirigencial, que se convierte pronto en pobreza, los dueños de los equipos se conforman-les alcanza con recibir el (mal repartido) dinero de los derechos de la televisión para armar un equipo de bajo costo que puede ser campeón en una liga de baja exigencia y gastarse lo demás en cositas o peor, quebrar al equipo en pocos meses (si, te hablo a ti Deportivo Pereira).
La reputación del fútbol que se juega en Colombia no solo está descuidada, sino dejada a su suerte.
La gallina de los huevos de oro se les muere y ni siquiera la televisión los salvará.
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