Decenas, cientos y finalmente miles de personas protestaron en la Vuelta a España contra Israel, el genocidio que comete en Gaza y puntualmente por la presencia del Israel Premier Tech en la carrera, en medio de la complacencia del COI y de paso de la UCI, que decidió no castigar a los deportistas israelíes, lo que si hicieron con prontitud con rusos y bielorrusos. La gente castiga lo que los dirigentes deportivos no.
La edición 2025 de la Vuelta a España pasó a la historia como el escenario en el que miles de personas protestaron contra el genocidio que comete Israel en Gaza desde 2023, en medio de indignación de los preocupados por un evento deportivo y el alborozo de quienes consideran que el asesinato de 60.000 personas, la hambruna que sufren otras 500.000 y el desplazamiento de millones es algo que no debe suceder.
Pero ¿las protestas en la Vuelta fueron aisladas?
Para muchas personas fue una sorpresa ver la cantidad de gente que terminó saliendo a las calles con banderas palestinas e incluso interrumpiendo etapas durante la Vuelta a España, pero no es un hecho aislado. En el pasado Giro de Italia era habitual ver cientos de banderas del estado palestino cerca a la línea de meta, mientras que en el Tour de Francia 2025 en la carretera no era extraño ver manifestaciones contra las acciones de Israel.
En otros deportes también se han visto protestas. En múltiples estadios de fútbol y en coliseos de baloncesto, por ejemplo, las voces contra Israel y en apoyo al pueblo palestino han sido visibles, al punto que incluso la UEFA, sin nombrar al Estado de Israel, se pronunció en la pasada final de la Liga de Campeones con un cartel que decía “dejad de matar niños, dejad de matar civiles”.
A ese nivel de desmadre han llegado las acciones violentas de Israel, al punto que la segunda entidad más poderosa del fútbol en el mundo se pronunció en la final de su evento más importante. Ese exceso de fuerza, de muertos y de violencia, han hecho que cada vez más personas estén dispuestas a protestar, tal como se vio en la Vuelta a España, en la que media docena de personas cortaron la carretera en la contrarreloj por equipos, en la primera semana, para terminar, en Madrid, obligando a cancelar la última jornada, con miles de manifestantes en la Gran Vía.

¿Las protestas fueron contra la Vuelta a España?
No y si. ¿Cómo así?. Las protestas inicialmente no estaban dirigidas a la dirección de carrera de La Vuelta, sino a la presencia del Israel Premier Tech, equipo privado propiedad de Sylvan Adams, un multimillonario canadiense-israelí, cercano a Benjamin Netanyahu y que no fue invitado por la organización de la carrera, sino que ganó deportivamente su derecho a estar en ella.
El hecho de que el Israel Premier Tech tomara la partida generó indignación entre los manifestantes, que día a día acompañaron al equipo con gritos de “asesinos”, que luego se trasladaron a los miembros de la organización de la carrera.
Javier Guillén, director de la Vuelta a España, se encontró en una incómoda encrucijada: expulsar al Israel significaba no solo una muy segura demanda sino abrir la puerta a que cualquier organizador de carreras expulse a equipos que han hecho los méritos deportivos para estar en ellas. El precio de mantener al elenco asiático lo pagó con la presencia de manifestantes en varias etapas.
Pero tal como lo dijo Guillén durante la segunda mitad de la carrera, “estaba solo”: las directivas de la UCI, encabezadas por David Lappartient, brillaron por su ausencia en la carretera, que era donde se les necesitaba para acompañar, cuidar y si se quiere defender a una de las tres grandes competencias de ruta de la temporada. Y aún falta el Mundial de ruta, que se disputará la próxima semana en Kigali (Ruanda) y que tendrá a cuatro corredores israelíes. Ojito.
Eso sí, terminada la carrera, apareció un comunicado de prensa de la UCI condenando la actuación del gobierno español, por alentar a la gente a manifestarse. Desde Aigle también se sumaron al oportunismo político que les brindó la ocasión.
¿Y el Comité Olímpico Internacional?
Pero la inacción real de la UCI viene desde más arriba, desde el Comité Olímpico Internacional, blanco de las críticas de aficionados, deportistas y algunos valientes directivos, que señalan a la entidad como hipócrita al permitirle a Israel, sus deportistas y empresas competir con normalidad a pesar del genocidio, mientras que, justificadamente, sancionó a Rusia y a Bielorrusia solamente cuatro días después de invadir a Ucrania en aquel febrero de 2022, castigo que hoy se mantiene.
Pasaron 23 meses y el COI no solo no castigó a Israel, sino que su presidenta Kirsty Coventry afirmó que Israel no estaba violando ninguna norma para ser sancionado. Complicado así.
¿Y es importante que haya un castigo?. Por supuesto. El deporte, que así no es guste es parte (fundamental) de la política y que nunca ha estado exento ni apartado de ella, hace parte del poder blando en este caso de los países. Castigar a Israel no solo es justo, sino una muestra de mínima humanidad de parte de, en este caso, la comunidad internacional y un golpe extra a la imagen no del pueblo israelí, sino a la del sionismo
Boicots deportivos, como el que lideró España y apoyaron los judios a los Juegos Olímpicos Berlín 1936, que buscaban blanquear al régimen nazi, o las sanciones que sufrió Sudáfrica y que hicieron parte de la presión para el fin del apartheid, son muestras de los golpes que se propinan al poder blando que representa el deporte.
La inacción del COI y demás federaciones mundiales, que raya en la complacencia, ha hecho que la gente salga a la calle, que aparezcan pancartas y que las competencias se interrumpan, como en la Vuelta a España o en los partidos de las Eliminatorias Europeas del Mundial de fútbol, en las que Israel debe jugar fuera de su territorio y con mínima presencia de público.
La gente castiga lo que el COI permite.
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